Historia

Una mirada a la obra de Ahmed Abdel-Wahab en la Bibliotheca Alexandrina.

Este artículo se encuentra publicado en: Egiptología 2.0 N. 15 (Abril, 2019), Ed. Ushebtis Egipcios. Barcelona, España. [ISSN: 2444-6254] pp. 63-69. cfr.: http://egiptologia20.es/una-mirada-a-la-obra-de-ahmed-abdel-wahab-en-la-bibliotheca-alexandrina

En una reciente visita al antiguo país del Nilo, en la mediterránea الإسكندرية‎ al-ʾIskandarīyah, “Alejandría” que fundase, en el año 331 a.C., el célebre Ἀλέξανδρος ὁ Μέγας Aléxandros ho Mégas, “Alejandro Magno” (356-323 a.C.) tuve la oportunidad de admirar algunas de las obras más emblemáticas de Ahmed Abdel-Wahab, prolífico artista plástico y figura eminente entre los escultores egipcios del siglo XX y XXI. Las mencionadas piezas componen una muestra museística en el área de exposiciones permanentes de la مكتبة الإسكندرية Maktabat al-ʾIskandarīyah, la “nueva Bibliotheca Alexandrina” que además de ser un monumental repositorio de acervos bibliográficos, también funge como un importante centro cultural y museo.

Ahmed Abdel Wahab Mohamed Aly (1932- ), mejor conocido con su nombre artístico: Ahmed Abdel-Wahab nació en la ciudad de طنطا‎ ṭanṭaTanta”, en la gobernación de محافظة الغربية‎ Muḥāfẓet El Gharbeya “Al-Gharbia”, que se sitúa a 90 kilómetros de القاهرة‎ al-Qāhirah “El Cairo” y a unos 130 kilómetros de Alejandría. Desde muy joven se interesó por las obras de los mercados de artesanías de su localidad y comenzó a experimentar con diversos materiales como madera, metal y piedra caliza para crear sus primeras esculturas; unos años más tarde se mudó a El Cairo, llevando consigo un rico bagaje cultural rural y folklórico. Se matriculó en la Facultad de Bellas Artes, en el Departamento de Dibujo y Pintura, pero pronto cambió a la escultura bajo la tutela de dos grandes maestros: Ahmed Osman (1907-1970) y Gamal El-Sagini (1917-1977) y recibió su título en el año de 1957. Después, en 1958, obtuvo una beca para estudiar en el Atelier de Luxor; esta estancia en el Alto Egipto tuvo una importante influencia en el artista y su obra, ya que visitó y estudió las proporciones y formas de los grandes templos del Reino Nuevo (c. 1539-1077 a.C.); así como las rústicas aldeas rurales de mediados del siglo XX, buscando un auténtico “espíritu egipcio” que conectase el pasado y el presente. Tras una década de arduo trabajo obtuvo, en 1968, una beca por tres años para estudiar una especialidad en escultura en la Accademia di Belle Arti di Roma, Italia en donde también se unió al estudio del artista Emilio Greco (1913-1995) y se familiarizó con el arte occidental, sobre todo del Quattrocento y Cinquecento del Renacimiento Italiano, hecho que influyó en todo su trabajo futuro, pero sin comprometer su propia visión y estilo; ya que este encuentro con el arte europeo consolidó su amor y fascinación por los cánones de representación del antiguo Egipto. En 1970 también obtuvo un diploma por estudios de arte medallístico en Italia.

A lo largo de su vida y carrera artística Ahmed Abdel-Wahab ha representado a Egipto en muchas exposiciones internacionales y se le han otorgado varias condecoraciones y galardones; uno de los más prestigiosos, el Nile State Awards for appreciation, excellence and encouragement in the fields of arts lo obtuvo en 2002 en reconocimiento por su valor artístico y talento de nivel internacional. Las obras de este artista se encuentran en el Museo de Arte Moderno en El Cairo, el Museo de Bellas Artes en Alejandría, el Museo de la Facultad de Bellas Artes en El Cairo y el Museo de Arte Moderno en Praga, República Checa; así como en prominentes colecciones privadas egipcias y europeas.

Ahmed Abdel-Wahab ha dedicado su vida y experiencia artística a una búsqueda de un carácter contemporáneo que sirva de modelo para crear una escultura “puramente” egipcia. Se vio atraído hacía la figura del faraón Akhenatón (c. 1353-1336 a.C.), en quien percibió rasgos nobles y contemplativos que encarnaban una profunda piedad. En este sentido, representó la figura y rasgos del mencionado monarca en distintos personajes y de diferentes maneras (ver figuras 1, 2, 7, 14 y 17), en las cuáles mantuvo la esencia de ese estado de contemplación y piedad humana. La obra de este artista se compone de múltiples esculturas en gran y pequeña escala, así como de relieves que prestan una prodigiosa atención a los detalles y a la ornamentación (ver figuras 1, 2, 3, 4 y 5). Sus composiciones incluyen conjuntos rítmicos en los que une, generalmente, figuras triangulares y romboidales por medio de coloridas líneas; de tal manera recurre a la abstracción de la forma para enfatizar la masa y lograr proyecciones dramáticas, las cuales enfatizan los conceptos de sacralidad y misticismo. Sus temas estriban entre la representación de personas comunes del pueblo (ver figuras 3, 5, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 18 y 19) y personajes semi-divinos (ver figuras 1, 2, 4, 6, 7, 14, 15 y 16); en ambos casos logra transmitir un carácter de pureza y eternidad que se conecta con el arte del Egipto faraónico. Para crear sus obras Ahmed Abdel-Wahab utiliza materiales tradicionales y contemporáneos como: piedra, barro, cerámica vidriada, bronce, poliéster con metal y cemento con grafito, este último para evocar los bloques de basalto y granito negro utilizados en el antiguo Egipto. A continuación, y haciendo caso al viejo adagio que reza: una imagen vale más que mil palabras, en este breve artículo se muestran algunas fotografías, tomadas en Diciembre de 2018 por quien estas líneas escribe, de algunas de las más representativas obras de Ahmed Abdel-Wahab que se encuentran en la Bibliotheca Alexandrina.


Figura 1. La familia biblioteca, 2005, poliéster y hierro moldeado, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 2. Detalle de La familia biblioteca, 2005, poliéster y hierro moldeado, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 3. Procesión de damas egipcias, c. 2000, cemento con grafito moldeado, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 4. Damas egipcias, c. 1990, cemento moldeado y tallado, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 5. El rostro de una chica, 2007, cerámica modelada y pintada, Ahmed Abdel-Wahab, Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P Taber, 2018.

Figura 6. Cabeza de toro, 1972, bronce moldeado, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 7. Tablero de ajedrez, 2006, piedra tallada y policromada, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 8. Una chica de Nubia, 1998, cerámica modelada y pintada, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 9. Cabeza de chica, c. 1998, cerámica modelada y pintada, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 10. Busto de mujer, c. 1980, piedra tallada, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 11. Retrato de una chica egipcia, 2002, bronce moldeado y pulido, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 12. Busto de una chica egipcia, c. 1960, estuco modelado y tallado, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 13. Busto de una chica egipcia, c. 1980, bronce moldeado, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 14. Toshka, 2003, hierro moldeado y cemento moldeado con grafito policromado, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 15. Justicia Judicial, 1987, hierro moldeado y cemento moldeado con grafito, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 16. Detalle de Justicia Judicial, 1987, hierro moldeado y cemento moldeado con grafito, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 17. Chica egipcia, c. 2000, bronce moldeado, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 18. El caballero del campo, 1958, cerámica modelada y pintada, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Figura 19. Caballo, c. 1970, bronce moldeado, Ahmed Abdel-Wahab. Bibliotheca Alexandrina, Egipto. Fotografía de Gerardo P. Taber, 2018.

Como colofón, valga mencionar que la obra de Ahmed Abdel-Wahab constituye un magistral ejemplo de que el arte contemporáneo egipcio puede proponer nuevos discursos estéticos (cfr.: Osman, 2011 y Sooud Al Qassemi, 2017) y al mismo tiempo hundir sus raíces en el pasado más remoto. Personalmente, considero que resulta conmovedor comprobar que sus personajes y temas hacen un claro homenaje a los antiguos artistas faraónicos, quienes siempre buscaron plasmar los elementos físicos y metafísicos de la tierra del Nilo, como lo mencionase el egiptólogo británico Cyril Aldred (1914-1991) en uno de sus ya clásicos estudios sobre el arte del Reino Antiguo (c. 2543-2120+25 a.C.):

La sorprendente delicadeza y minucia del tallado y el sensible dibujo dan la impresión de una suprema y artística maestría, incluso en los fragmentos rotos que han sobrevivido… Pero, como comúnmente se da en el pensamiento egipcio, donde existe significado en distintos niveles al mismo tiempo, estas escenas expresan uno de los más tempranos intentos del Hombre para llegar a un acuerdo con el universo a su alrededor reduciéndolo a un sistema ordenado. La creación del mundo era simbolizada por el surgimiento de la nueva tierra como la Colina Primordial de las aguas de la inundación al retirarse el Nilo. El mundo de la naturaleza era representado por escenas de caza, pesca y caza de aves, la propagación de animales y los trabajos de la agricultura, desde la siembra y la cosecha hasta la apicultura y ganadería. Finalmente, los logros del Hombre fueron registrados, ya sea como artesano, administrador o guerrero. En estas escenas, de hecho, corre un hilo conductor del Hombre en todas sus actividades desde los juegos de su infancia hasta los solemnes ritos en la puerta de su tumba… De estos coloridos relieves es de donde ganamos una imagen vívida e íntima del campo en el antiguo Egipto durante el Reino Antiguo, una vida muy ocupada observada con amabilidad -y humor- los deportes de campo en las marismas y los wadi, los incidentes de la vida pastoral, el navegar en el Nilo, las artesanías de la ciudad, la buena vida en el campo, música, juegos y bailes. Hay un fugaz entusiasmo por la vida en estos relieves que están en dramático contraste con la eterna calma de una existencia espiritual evidente en las representaciones del dueño y su familia. Los labradores pueden contender con su recalcitrante asno, pero ningún desacuerdo acompaña el seguro alancear de los peces por su maestro. Los barqueros pueden pelear entre ellos en el agua -los mejores se miran impacientemente, siguiendo los preceptos que los educados leyeron en sus libros de instrucción- para, satisfactoriamente, cultivar el ideal del Hombre: ser tranquilo, modesto, paciente y benevolente. (Aldred, 1965: 126-129).

Bibliografía citada

Aldred, Cyril
1965 Egypt to the end of the Old Kingdom. Ed. Thames and Hudson. London, UK.

Bibliotheca Alexandrina
2018 Selected Artworks of Ahmed Abdel-Wahab. cfr.: https://www.bibalex.org/en/center/details/AhmedAbdelWahab revisado el 28 de Marzo de 2019.

Fine Art Sector
2018 Ahmed Abdel Wahab Mohamed Aly CV. cfr.: http://www.fineart.gov.eg/eng/cv/cv.asp?IDS=650 revisado el 28 de Marzo de 2019.

Osman; Ahmed Zaki
2011 “The 1952 Revolution: A Legacy of Cultural Transformation.” en: Egypt Independent. Ed. Al-Masry Al-Youm. cfr.: https://ww.egyptindependent.com/1952-revolution-legacy-cultural-transformation/ revisado el 28 de Marzo de 2019.

Sooud Al Qassemi, Sultan
2017 “The Politics of Egyptian Fine Art. Giving a Voice to the People.” en: The Century Foundation 1919-2019. cfr.: https://tcf.org/content/report/politics-egyptian-fine-art/ revisado el 28 de Marzo de 2019.

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La Revolución del 25 de Enero de Egipto y la resignificación de su pasado faraónico. Una mirada al graffiti de los movimientos sociales contemporáneos y a los discursos expositivos de museos con colecciones egipcias.

Este artículo se encuentra publicado en : Claroscuro N. 15 (Diciembre, 2016) Ed. Centro de Estudios sobre Diversidad Cultural (CEDCU) de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. [ISSN: 2314-0542] pp. 80-109. cfr.: http://ppct.caicyt.gov.ar/index.php/claroscuro/article/view/10697

Resumen

Los habitantes del país del Nilo se han caracterizado, desde la antigüedad, por poseer un especial virtuosismo para las artes plásticas; las cuales han capturado y plasmado -inclusive en los momentos de convulsión social- el ideario y la esperanza que animan al pueblo a buscar un futuro más próspero. Aunque la cultura, estructura social e historia del Egipto contemporáneo difieren de su pasado faraónico; durante la thawret 25 yanāyir “la Revolución del 25 de Enero” de 2011 se pintaron muchos graffiti, en las calles aledañas a la plaza Tahrir en la ciudad de El Cairo, que retomaron y reinterpretaron algunos elementos del antiguo arte egipcio. Gracias a los medios de comunicación masivos -sobre todo digitales- múltiples imágenes de las mencionadas expresiones artísticas populares dieron la vuelta al orbe y se convirtieron en íconos de la revolución egipcia e inclusive de la denominada ar-rabī al-arabī “la primavera árabe”. En este artículo se exponen algunos de los acontecimientos históricos que fomentaron la creación de algunas de las concepciones erróneas y clichés sobre Egipto, con el objetivo de comprender y valorar el contexto informativo que se difundió en los países occidentales sobre los trepidantes acontecimientos de la Revolución del 25 de Enero. Asimismo, se analiza la importancia de la resignificación del pasado faraónico en los graffiti como una expresión de emancipación y declaración descolonizadora del pueblo egipcio. Por último, se reflexiona sobre el caso de la exposición ‘Nu’ Shabtis-Liberation como un ejemplo que muestra la viabilidad de implementar nuevos discursos curatoriales en los museos que cuentan con colecciones egipcias.

Palabras clave: Egipto – Revolución del 25 de Enero – graffiti – museos – ‘Nu’ Shabtis.

Abstract

The inhabitants of the land of the Nile have been characterized, from the Antiquity, for having a special virtuosity for the arts; that captures and renders -even in times of social upheaval- the ideology and the hope to encourage people to seek for a more prosperous future. Although the culture, social structure and history of contemporary Egypt differ from its pharaonic past; during the thawret 25 yanāyir “the January 25 Revolution” of 2011 many graffiti, that retook and reinterpreted some elements of ancient Egyptian art, were painted on the streets near Tahrir Square in the city of El Cairo. Thanks to the mass media -especially the digital-based- multiple images of the aforementioned popular artistic expressions were seen around the world and became icons of the Egyptian revolution and even for the so-called ar-rabī al-arabī “the Arab spring”. In this article I discuss some of the historical events that fostered the creation of some misconceptions and clichés about Egypt, in order to understand and assess the context of information that spread in Western countries about the thrilling events of the January 25 Revolution. Also, I analyze the importance of the re-signification of the Pharaonic past in the graffiti as an expression of emancipation and decolonization statement of the Egyptian people. Finally, I reflect about the case of the ‘Nu’ Shabtis-Liberation exhibition as an example that shows the feasibility of implementing new curatorial discourses in museums that holds Egyptian collections.

Keywords: Egypt – January 25 Revolution – Graffiti – Museums – ‘Nu’ Shabtis.

“(…) un tiempo ha de venir en que parecerá que los egipcios han sido fieles en vano a la divinidad, que su piadosa mente, su atenta devoción y toda su santa veneración se revele como ineficaz y estéril. Un tiempo ha de venir en que los dioses retornen con premura de la tierra al cielo y dejen abandonado a Egipto; un país que fue sede de prácticas religiosas se verá despojado de los dioses y ya nunca gozará de su presencia; pues los extranjeros asolarán este país y esta tierra mostrando desprecio por la religión y, lo que es más grave, prohibiendo, con presuntas leyes y bajo penas prescritas, toda práctica religiosa, devoción o culto a los dioses, esta sagrada tierra, sede de santuarios y de templos, se cubrirá entonces de tumbas y de cadáveres. ¡Ay Egipto, Egipto!, de tu religión sólo sobrevivirán fábulas y éstas increíbles para tus descendientes, las palabras que cuentan tus piadosos hechos sólo permanecerán grabadas en las piedras. Asclepio de Hermes Trimegisto [c. I a.C.-III d.C.]” (Renau 1999: 462-463).

Introducción

En el noreste del continente africano se encuentra una encrucijada que, desde tiempos inmemoriales, ha servido de punto de encuentro entre Asia y África. Esta tierra bañada por el río Nilo fue llamada kemet “la tierra negra” en la antigüedad y actualmente se denomina miṣr, aunque es más conocida en la tradición occidental como Egipto. Desde la antigüedad clásica (siglos VIII a.C. al V d.C.) el país del Nilo siempre ha estado presente en la historia de la cultura occidental -algunas veces de forma afortunada y otras no tanto- ya que varios historiadores griegos y romanos, así como algunos de los libros canónicos del Judaísmo, el Cristianismo y el Islam describen y sitúan acontecimientos trascendentales en la tierra de los faraones. En este sentido, el imaginario popular occidental considera a Egipto como un lugar antiguo y estático, una especie de “paraíso perdido” lleno de obras hieráticas, en donde sus habitantes tienen poca o nula relación con las obras de la antigüedad que se encuentran en los valles aledaños el cauce del Nilo. Paradójicamente, también se llega a pensar que sus actuales pobladores aún viven en los sitios arqueológicos y en las mismas condiciones del período faraónico. Sin embargo, en los últimos años se ha gestado un cambio en el imaginario popular occidental sobre el país del Nilo, debido principalmente a la thawret 25 yanāyir “la Revolución del 25 de Enero” de 2011, que mostró al mundo distintos aspectos de Egipto que, valga señalar, poco tienen que ver con el mundo antiguo. Una de las expresiones sociales que más rápidamente se desarrollaron, en el marco de la revolución, fue el arte del graffiti; el cual retomó y reinterpretó motivos del Egipto faraónico que, junto a proclamas de libertad y justicia, fungieron como un catalizador de la conciencia social de las nuevas generaciones que buscan su lugar en el mundo contemporáneo.

En este artículo comentaré algunos de los más importantes acontecimientos que dieron origen a los graffiti que se plasmaron en las calles aledañas a “la plaza de la liberación” en la ciudad de El Cairo y el impacto que el descrito panorama de revuelta social ha tenido en la comunidad de la egiptología internacional y en algunos sectores de la población que buscan conocer más sobre la cultura del país del Nilo y que acuden a los museos con colecciones egipcias.

Los clichés de Egipto

Se puede considerar que el status quo del imaginario popular occidental sobre Egipto se originó desde la antigüedad clásica, ya que el país del Nilo ejerció una fuerte atracción para varios pensadores griegos y romanos, quienes lo visitaron asiduamente. Entre los más célebres se encuentran: Diodoro de Sicilia, que estuvo en suelo egipcio entre el 60 y 56 a.C., Estrabón de Amasya entre el 25 y 19 a.C. y, a finales del siglo I d.C., Plutarco de Queronea. Los escritos de estos viajeros dieron cuenta de los últimos destellos de la milenaria cultura faraónica; y si bien, registraron muchos aspectos importantes, también malinterpretaron muchos más. Durante los primeros siglos de nuestra era, el destino de Egipto se encontró estrechamente ligado al devenir histórico del Imperio Romano. En ese sentido, existieron dos eventos significativos para la cultura autóctona: el primero ocurrió en el año 380 d.C. cuando el emperador Teodosio I declaró al cristianismo como la única religión legítima y el segundo aconteció 259 años después, en el 639 d.C. cuando el país del Nilo era parte del Imperio Bizantino, y un ejército de 4,000 hombres liderados por el comandante `Amr ibn al-`As marchó hacia el delta del río desde la región de Palestina iniciando la conquista árabe de Egipto en nombre del Islam. En tan sólo un par de años todo el territorio fue controlado por el “Califato Ortodoxo” (632-661 d.C.) y por sus sucesores, lo que supuso grandes cambios para la tierra del Nilo.[1]

El antagonismo entre la Europa cristiana y los califatos islámicos, durante la Edad Media, ocasionó una ruptura en la comunicación de las observaciones y estudio sobre la cultura del país del Nilo. De tal manera, los europeos que visitaron Egipto en esa época fueron principalmente peregrinos que buscaban ir a los lugares santos de la cristiandad y que llegaron a considerar a las grandes pirámides de Giza como los “graneros de José”.[2] Por otra parte, existieron algunos estudiosos musulmanes que se interesaron en conocer más sobre los vestigios faraónicos, entre los que se pueden mencionar a: Dionisio de Tell-Mahré (siglo IX), Muhammad Al-Idrisi[3] y Muhammad Al-Makrizi.[4] Inclusive, el califa abasí Al-Ma’mun[5] ordenó, en el año 820, abrir por la fuerza la pirámide del faraón Khufu en busca de los tesoros y el conocimiento de la antigüedad; sin embargo, se encontró con sus cámaras, galerías y corredores vacíos.[6]

Tiempo después, entre los siglos XV y XVI, durante el período del Renacimiento en Europa, el interés por las culturas de la antigüedad clásica revivió y con ello también la curiosidad por la cultura del antiguo Egipto; sobre todo a la luz del descubrimiento de dos manuscritos: el primero fue hallado en 1419 en la isla griega de Ándros del archipiélago de las Cícladas y fue adquirido -en nombre de Cosimo de’ Medici- por el monje Cristoforo Buondelmonti quien lo llevó a Florencia en 1422. Este manuscrito se compone de dos volúmenes que se titulan: Hieroglyphica[7] y que se atribuyen a “Horapolo de Nilópolis”[8] un erudito que se cree vivió en Alejandría y Constantinopla durante el reinado del emperador romano Teodosio II. La obra de Horapolo se encuentra escrita en griego y se avoca a explicar el significado de 189 jeroglíficos. Sin embargo, los textos apenas guardan relación con el funcionamiento real del antiguo sistema de escritura del Egipto faraónico.[9] En cambio, Horapolo discurre en interpretaciones de orden alegórico, teológico y moral de los jeroglíficos. La obra gozó de una gran aceptación entre los pensadores del Renacimiento y se efectuaron más de treinta ediciones, traducciones y adaptaciones que influenciaron a numerosos humanistas que intentaron, a su vez, descifrar la escritura jeroglífica. El segundo manuscrito, descubierto en Macedonia -y que también fue adquirido por Cosimo de’ Medici en 1463- fue el Corpus Hermeticum,[10] colección de textos filosóficos y místicos que mezclaron conceptos platónicos, estoicos, pitagóricos y faraónicos que se atribuyeron al mismo Hermes Trismegistus “Hermes, el tres veces grande” quien es una transfiguración sincrética del dios Thoth. La obra fue traducida del griego al latín por el célebre humanista florentino Marsilio Ficino y se publicó en 1471.[11] Más allá de la cuestionable veracidad de su contenido, fue un texto que influenció y contribuyó al pensamiento filosófico humanista que se desarrolló en la Academia Platónica Florentina. Por desgracia, también ayudó a sostener el paradigma que consideraba a Egipto como el venero del misticismo y la sabiduría, como lo habían retratado los autores de la antigüedad clásica. Al tiempo que el Corpus Hermeticum y el Hieroglyphica se dieron a conocer en Europa, en los círculos intelectuales también existía un fervor por el estudio de la alquimia y las llamadas “ciencias ocultas”; y justamente fue por esta razón que se consolidaron en el imaginario popular occidental los clichés sobre los propios egipcios, quienes por lo general eran concebidos como personas exóticas y hieráticas que formaban parte de una especie de cofradía de místicos poseedores de “conocimientos arcanos”.

Los inicios de la egiptología

Fue realmente hasta finales del siglo XVII y durante todo el XVIII -la época de la ilustración- que los intelectuales de las potencias europeas desarrollaron un gusto e interés por el estudio de las culturas de la antigüedad. De esta época ilustrada pueden mencionarse a muchos viajeros e intelectuales que se dedicaron a registrar in situ y que también estudiaron las numerosas obras que se enviaron a Europa desde la tierra del Nilo. Entre lo más destacados se encuentran: Pietro Della Valle, John Greaves, los jesuitas Athanasius Kircher y Claude Sicard, Frederik Ludwig Norden y Bernard de Montfaucon.[12] Los trabajos de estos intelectuales sirvieron de base para que la naciente egiptología se perfilara como una disciplina académica independiente; si bien aún estaba estrechamente unida al anticuarismo, cada vez se hacía más evidente la necesidad de contar con estudios y profesionales específicos.

La egiptología, tal como se concibe actualmente, inició con la campaña en Egipto y Siria que se desarrolló entre 1798 y 1801 al mando de Napoleón Bonaparte. En términos militares la campaña fue un rotundo fracaso, pero aportó al mundo el redescubrimiento del antiguo Egipto. Antes de embarcarse rumbo a la tierra del Nilo el propio general Bonaparte creó, el 16 de marzo de 1798, la Commision des Arts et des Sciences, compuesta por un grupo de 167 intelectuales. Una vez en suelo egipcio Bonaparte fundó, el 22 de agosto de 1798, el Institut d’Égypte que fue precedido por 48 miembros de la misma Commision des Arts et des Sciences; su finalidad era registrar, estudiar y difundir el conocimiento de todos los aspectos naturales e históricos de la tierra del Nilo. Las primeras publicaciones que realizó el instituto fueron: La Décade égyptienne y el Courier de l’Égypte que servían para informar sobre las actividades del instituto y el ejército.[13] Tras la capitulación de los franceses, el 30 de agosto de 1801, ante los ejércitos británicos y otomanos en la ciudad de Alejandría; las antigüedades que habían sido recolectadas por los miembros de la expedición napoleónica pasaron a manos de los generales ingleses que inmediatamente las embarcaron hacia el Reino Unido. Lo único que pudieron rescatar los miembros del Institut d’Égypte fueron sus notas y dibujos en donde registraron y catalogaron los monumentos y artefactos que fueron encontrando al acompañar al ejército en sus campañas a lo largo del Nilo. De estos valiosos documentos nació la obra: Description de L’Égypte, ou recueil des observations et des recherches qui ont été faites en Égypte pendant l’expédition de l’armée française, publié par les ordres de sa majesté l’empereur Napoléon le grand; que es mejor conocida por su nombre abreviado: Description de L’Égypte… (ver figura 1). Esta obra tuvo repercusiones en la arquitectura, las artes plásticas y la literatura, que se llenaron de imágenes del antiguo país del Nilo. En este sentido, La Description de L’Égypte… también se utilizó como un “manual de estilo” en el que se inspiraron múltiples artistas para producir infinidad de obras de estilo egiptianizante.[14]

Figura 1. Frontispicio de la primera edición de Description de L’Egypte… Vol. I. François-Charles Cécile 1809. Rotograbado. Centre Historique des Archives Nationales. Paris, Francia.

Durante los próximos siglos occidente se fascinó por las excavaciones arqueológicas en la tierra del Nilo. De manera recurrente se tenían noticias del descubrimiento de milenarios templos y tumbas que poco a poco se liberaban de la opresora arena y que revelaban una historia rica en campañas militares, expediciones, héroes, traiciones y truhanes. Egipto se convirtió en un tema recurrente para la memoria colectiva, tanto como los cuentos de los hermanos Grimm o los relatos bíblicos. Pero, a pesar del surgimiento y consolidación de la egiptología en el siglo XIX, la concepción sobre el pueblo egipcio distaba mucho de la realidad. Ya en el siglo XX se llegó a un verdadero clímax debido al descubrimiento, en 1922, de la tumba del faraón Tutankhamón (KV62) por parte del arqueólogo británico Howard Carter (1874-1939) y al frenesí mediático sobre “la maldición del faraón”. Esta última alimentó a las industrias del entretenimiento, las cuales plasmaron durante todo el siglo XX -y lo que va del XXI- en distintos medios como novelas, teatro, cine y televisión temas egipcios que, evidentemente, usan y abusan de los mencionados clichés.

La situación del Egipto contemporáneo

El lector podrá preguntarse: ¿qué pasaba en Egipto, al momento que la egiptología -disciplina académica de las potencias colonialistas- surgía y se desarrollaba? Para ese tiempo, la tierra del Nilo era de iure un eyalato del imperio otomano -desde 1517- aunque de facto siempre se mantuvo como una provincia semiautónoma debido al poder e influencia de la casta militar de los mamelucos. Pero, un par de años después de la incursión napoleónica -en 1805- Muhammad Alí Pasha al-Mas’ud ibn Agha (1769-1849) eliminó a los lideres locales y se asentó en el poder autoproclamándose khedive de Egipto. Es innegable que debido a la mencionada campaña francesa, el interés por la tierra de los antiguos faraones también despertó en los europeos una voracidad desmedida por apropiarse de las obras del país del Nilo. De tal manera, en el siglo XIX también se inició el saqueo indiscriminado de Egipto. Por desgracia, estos expolios fueron tolerados por el propio gobierno al mando de Muhammad Alí Pasha quien, en aras de llevar a Egipto a la modernidad, utilizó los sitios y piezas arqueológicas como moneda de cambio para granjearse favores y negocios con las potencias europeas.[15] Sin embargo, es justo señalar que el mencionado virrey también emitió un decreto, el 15 de agosto de 1835, que prohibía la exportación de antigüedades y la creación de un museo, en los jardines de Azbakeya,[16] para su exhibición en El Cairo.[17] Los sucesores de Muhammad Alí Pasha, continuaron con el mismo tipo de políticas, ya que vehementemente deseaban que Egipto se integrará a la dinámica económica y cultural de las potencias europeas. Esta concepción se ve reflejada en una célebre declaración, emitida en 1879, por Isma’il Pasha (1830-1895): “Mi país no forma más parte de África, ahora somos parte de Europa y por lo tanto es natural que abandonemos nuestros antiguos modos y adoptemos un sistema adaptado a nuestras condiciones sociales” (Reid 2002: 95-96). Y en efecto, al abandonar los antiguos modos Isma’il Pasha contrajo una enorme deuda monetaria con las potencias europeas, lo que condujo a que los británicos ocuparan Egipto en 1882, lo que de facto convirtió al país en una colonia del Reino Unido. Fue hasta el año de 1923, bajo el gobierno del rey Ahmad Fu’ad Basha I (1868-1936), que se proclamó una Constitución que declaraba al país como Estado soberano. Sin embargo, la realidad fue que el tratado que concedió a Egipto su supuesta independencia -con una cláusula especial que aseguraba a los británicos el control del canal de Suez- se firmó hasta el 26 de Agosto de 1936. Esta monarquía parlamentaria fue impuesta por el gobierno del Reino Unido con el fin de aliarse con la aristocracia terrateniente y la alta burguesía comercial y financiera egipcia; las cuales se beneficiaba del sistema capitalista retardatario de tipo colonial con predominio agrario. Esta situación ocasionó una marcada desigualdad social en el país y una crisis económica generalizada; aunada al incremento demográfico y a las elevadas tasas de desempleo.[18] La tierra del Nilo continuó con un sistema monárquico con el rey Faruq al-Awwal (1920- 1965) hasta que, el 23 de julio de 1952, fue derrocado por las fuerzas de “El Movimiento de Oficiales Libres” que estuvo encabezado por Gamal Abdel Nasser Hussein (1918-1970) quien instituyó una República -el 18 de junio de 1953- y que en noviembre de 1954 se convirtió en el presidente de Egipto.

En un principio no existieron los, ahora célebres, “socialismo árabe” y “panarabismo”, pilares  que caracterizaron al “nasserismo” -ideario de orientación nacionalista y anti-imperialista- ya que el grupo de militares que tomó el poder del país no promulgaba ninguna ideología revolucionaria en particular y solamente tenían la férrea convicción de que era necesario independizar y modernizar a Egipto.[19] A este respecto el propio Nasser comentó, en una entrevista en 1959: “Lo que queríamos era depurar el ejército, liberar al país de la ocupación extranjera y establecer un gobierno limpio que trabajase en pro del país. Una vez en el poder nos encontramos ante el difícil problema de establecer un programa político, social y económico. Fue necesario improvisar.” (Martín 1993: 7). Pero a pesar de esta improvisación, en el gobierno de Nasser se dieron los grandes cambios sociales y económicos que Egipto necesitaba para actuar en el teatro mundial del siglo XX: se realizó una reforma agraria y se buscó industrializar al país para alcanzar la independencia de los capitales extranjeros. Asimismo, se reforzó el sector público, se construyeron viviendas y se promulgaron derechos laborales para los trabajadores; lo que reforzó la popularidad del “nasserismo” entre el pueblo.[20] En lo que respecta al ideario del mencionado, éste se decantó por una orientación socialista; aunque de una manera sui generis que promulgaba los valores del Islam y la cooperación entre todos los países árabes, al tiempo que guardaba distancia con el marxismo y el comunismo.[21] Por desgracia, Nasser murió -de un infarto agudo de miocardio- el 28 de septiembre de 1970, y le sucedió Muḥammad Anwar El-Sadat (1918-1981) quien cambió el rumbo -en pleno auge de la «guerra fría»- de la política interior y exterior del país, rompiendo las alianzas que Nasser había cimentando con la URSS y buscando nexos con los EE.UU. En 1971 aprobó una nueva Constitución y cambió el nombre del país a su actual denominación: República Árabe de Egipto. Sadat fue asesinado el 6 de octubre de 1981 y fue sucedido por Muḥammad Hosni El-Sayed Mubarak (1928- ) quien se avocó a la tarea de afianzarse en el poder, situación que prolongó por 30 años gracias a una serie de referéndums, elecciones arregladas y a su “Servicio de Investigaciones de Seguridad Estatal” que se convirtió en una verdadera «policía inquisidora» que raptó, torturó y asesinó a miles de disidentes del régimen bajo el amparo de la “ley de emergencia” (Ley No. 162 de 1958).

Durante el gobierno de Mubarak la burocracia y la corrupción se acrecentaron de manera exponencial sumiendo a la creciente población en la pobreza. Para finales de la primera década del siglo XXI el pueblo egipcio no pudo soportar más esta situación y se lanzó a las calles a manifestarse. Se protestó por el exceso de la brutalidad de la policía y se pidió la abolición de la “ley de emergencia”, por la falta de libertad de opinión, las altas tasas de desempleo, la gran corrupción de los funcionarios del gobierno y por la carencia de viviendas y alimentos en general. Pero el día que marcó el inició de la revolución fue el martes 25 de enero de 2011, el cual ha sido llamado: “el día de la ira” ya que se manifestaron centenares de miles simultáneamente en las principales ciudades egipcias como El Cairo, Alejandría, Suez e Ismailia. Los siguientes días tal vez sean los más dramáticos en la historia contemporánea de Egipto, ya que millones de persona se congregaron en las principales calles y plazas para exigir la renuncia de Hosni Mubarak y el fin de su gobierno, el cual inclusive ordenó al ejército disparar a los manifestantes; pero los soldados se negaron a realizar tal infamia y en cambio apoyaron y protegieron a los ciudadanos. Al final, las protestas lograron su objetivo, ya que el viernes 11 de febrero de 2011 Mubarak renunció a la presidencia.[22]

El gobierno de Egipto quedó a cargo del “Supremo Consejo de las Fuerzas Armadas” por más de un año. Después, los días 23 y 24 de mayo y 16 y 17 de junio de 2012, se celebraron elecciones democráticas resultando electo, con un 51.73% de los votos, como presidente Muḥammad Muḥammad Mursī ‘Īsá al-‘Ayyāṭ (1951- ). El mandato de Morsi duro poco más de un año, ya que enfureció a varias facciones del gobierno y del pueblo al anunciar una controversial declaratoria para exentar del escrutinio judicial a la recién creada “Asamblea Constitutiva” y que de facto le garantizaba al presidente poderes e inmunidad ilimitados. Asimismo, se le acusó de darle más preponderancia a los asuntos relacionados con la organización islamista denominada: “La Sociedad de los Hermanos Musulmanes”. Las protestas no se hicieron esperar y, de nueva cuenta, millones salieron a las calles a exigir la renuncia de Mohamed Morsi. A diferencia de la Revolución del 25 de Enero las manifestaciones se tornaron violentas lo que orilló al ejército a tomar cartas en el asunto y el 1 de julio de 2013 el comandante en jefe ‘Abdu l-Fattāḥ Sa‘īd Ḥusayn Khalīl el-Sīsī emitió un ultimátum de 48 horas para Morsi. Como el militar anunció, el 3 de julio se dio un golpe de Estado y el ejército colocó al juez de la suprema corte Adly Mahmoud Mansour como presidente interino. Fue hasta el 26 y 28 de mayo de 2014 que se realizaron elecciones, las cuales Abdel Fattah el-Sisi ganó con un 96.91% de los votos. Al momento que estas líneas se escriben (diciembre de 2016), él aún funge como el actual presidente de la República Árabe de Egipto.

El arte del graffiti y la resignificación del pasado faraónico como expresión de la revolución egipcia

Ante el panorama anteriormente descrito, resulta evidente que los primeros años de la segunda década del siglo XXI han sido de los más duros para el pueblo egipcio. Si bien, las constantes manifestaciones fueron las que lograron derrocar el régimen de Hosni Mubarak, éstas también fueron jornadas agotadoras para las millones de personas que prácticamente vivieron en las calles los días de protesta. Entre los manifestantes también se encontraban varios jóvenes que se dieron a la tarea de escribir consignas en contra del régimen en las barricadas y los muros que los agentes de Mubarak levantaron para proteger los edificios gubernamentales. En un primer momento estos graffiti consistieron principalmente en mensajes escritos, en diferentes estilos caligráficos, (ver figura 2) pero al correr de los días también se empezaron a plasmar imágenes de una excelente manufactura y gran virtuosismo en los temas, que capturaron y transmitieron la determinación y la esperanza del pueblo egipcio por forjar un mejor futuro. La mayoría de estos murales se ubicaron en los alrededores de la calle Muhammad Mahmud, la cual se encuentra en las inmediaciones de la plaza Tahrir, la cual fungió como el principal escenario de las manifestaciones.

Figura 2. Consignas patrióticas. Mural de artistas anónimos en una calle de El Cairo, c. 2011. Fotografía de Ahmed Mohsen Cherif.

Es importante mencionar que antes de la Revolución del 25 de Enero no era común encontrar algún graffiti en las calles de las ciudades, pero varios artistas que se sumaron al movimiento revolucionario sintieron que era necesario documentar y transmitir, de una manera contundente, los acontecimientos que ocurrían. A este respecto Waleed Rashed comenta:

“Los artistas -algunos actuando por cuenta propia, y otros como parte de un colectivo- recordaban a aquellos en el poder que nada escapa a los ojos y oídos del pueblo. Cubrieron los lienzos de concreto con retratos de activistas como Ahmed Harara, quien perdió sus ojos durante las protestas para ver a su país libre. El graffiti se ha convertido en un movimiento de auto-perpetuación. Las imágenes provocan al gobierno, que responde con actos de crueldad que sólo incrementan la resolución de los artistas.” (Rashed 2013).

En la actualidad, la mejor manera de apreciar el graffiti de la Revolución del 25 de Enero es por medio de las fotografías que quedaron plasmadas en numerosas notas periodísticas y en algunas publicaciones especializadas.[23] Esto se debe a que, por desgracia, la mayoría de estas obras pictóricas desparecieron en las campañas de “mejoramiento” de las calles de El Cairo. Sin embargo, cabe señalar que aún durante su manufactura inicial, muchos graffiti fueron borrados o cambiaron constantemente; Mat Wolf comenta al respecto:

“Los murales frecuentemente se movían y cambiaban, con diferentes artistas que perpetuamente desfiguraban o mejoraban trabajos previos. El graffiti de crítica al nuevo sistema de gobierno es abundante. Los constantes disturbios le han dado a los artistas no poco material con el cual trabajar, pero la ruptura de voces disidentes egipcias -500 miembros de la ahora ilegal Sociedad de los Hermanos Musulmanes que recientemente fueron sentenciados a muerte- ha hecho que sea más difícil para los artistas de El Cairo diseñar los murales que se conviertan en los iconos del levantamiento egipcio.” (Wolf 2014).

En este espacio presento una selecta muestra y un breve análisis iconográfico e iconológico[24] de tres obras que, a mi parecer, son de los ejemplos más representativos -y de mayor virtuosismo- de la resignificación del pasado faraónico durante y después de la thawret 25 yanāyir “la Revolución del 25 de Enero”. En primer lugar, se encuentra el mural titulado Al-Naaehaat “mujeres dolientes” de Alaa Awad (ver figura 3) que se trata de un memorial para las 74 victimas de los disturbios que ocurrieron, el 1 de Febrero de 2012, en el estadio de Puerto Saíd. La escena figura a un cortejo funerario que retoma los motivos de las plañideras representadas en las pinturas murales de la tumba del visir Ramose[25] de la dinastía XVIII (c. 1539-1292 a.C.) y de los célebres “Libros de los Muertos” como en los ejemplos de los papiros de los escribas Ani y Hunefer[26] de la dinastía XIX (c. 1292-1191 a.C.). Las figuras de forma rectangular -que en el extremo izquierdo varios hombres sostienen sobre sus cabezas y que en el extremo derecho se encuentra en posición vertical- representan sarcófagos sobre los que se encuentran posados dos ba “la esencia de la personalidad”, la cual se figuraba con cuerpo de ave y cabeza humana en tiempos faraónicos y que, en este caso, simbolizan las almas de los caídos que son recibidas por dos personajes femeninos que flotan sobre el cortejo y que sostienen en sus manos bandejas con candelillas encendidas. La escena se enmarca en un motivo de líneas ondulantes y estrellas que evoca el cuerpo de la diosa Nut, cuyo rostro parece figurarse en el extremo superior derecho de esta composición.

Figura 3. Al-Naaehaat (mujeres dolientes). Mural de Alaa Awad en la calle Muhammad Mahmud, c. 2012. Fotografía de Mia Gröndahl.

También obra de Alaa Awad es el mural intitulado Mujeres subiendo la escalera y marchando (ver figura 4) el cual se compone de dos escenas que se conjugan con el objetivo de mostrar el importante papel de la mujer en Egipto; tanto en el pasado como en el mundo contemporáneo. En el extremo izquierdo de la composición se encuentran tres figuras femeninas, ataviadas a la usanza del Egipto de la antigüedad y portando sendos escudos, sosteniéndose de una escalinata que se apoya en un muro almenado; mientras que una cuarta figura masculina parece caer, o flotar, sobre un fondo azul. La mencionada escena se inspira en uno de los relieves del templo funerario, conocido como Ramesseum,[27] del faraón Ramsés II “el grande” (c. 1279-1213 a.C.) que representa la toma de la fortaleza hitita de Dapur. En contraste, en el extremo derecho de la composición se figura una procesión de varias mujeres ataviadas a la usanza musulmana, utilizando hijabs, a excepción de la primera figura a la izquierda, que parece representar a un sacerdote del antiguo Egipto, quien realiza un ademán, como si presentase al cortejo la escena del pasado faraónico. Es importante señalar que muchas de las mujeres de la procesión sostienen en sus manos lo que parecen ser rollos de papiro, lo que simboliza el conocimiento de la historia.

Figura 4. Mujeres subiendo la escalera y marchando. Mural de Alaa Awad en la calle Muhammad Mahmud, c. 2011-2012. Fotografía de Blana22.

Por último, el mural intitulado Memorial a Hisham Rizq de Ammar Abu Bakr (ver figura 5) muestra el retrato de este joven de 19 años, quien estudiaba en la Facultad de Educación de Arte en la Universidad Helwan, en El Cairo y que fue encontrado muerto, a principios del mes de Julio de 2014, en la morgue de Zeinhom después de reportarse desaparecido por una semana. Hisham Rizq también era miembro de la unión de artistas de la revolución y de la unión de graffiti de la calle Muhammad Mahmud. En este mural el rostro de Rizq se representa utilizando maquillaje de mimo; ya que durante las protestas descubrió este arte, junto a su amigo Moustafa Gemi, con quien realizaba representaciones callejeras durante las protestas de la Revolución del 25 de Enero. Este rasgo fue el que Ammar Abu Bakr deseó destacar en el retrato del joven, a quien pintó sosteniendo los cetros heqa y nekhekh, que en la antigüedad sólo eran para uso exclusivo de los faraones. El fondo de la composición presenta un patrón de cuadros negros y blancos, a manera de tablero de ajedrez, sobre el que flotan varios ushabtis; figuras funerarias que fungían como sirvientes en el Más Allá.

Figura 5. Memorial a Hisham Rizq. Mural de Ammar Abu Bakr en la calle Mohamed Mahmoud, c. 2014. Fotografía de Mia Gröndahl.

La resignificación del pasado faraónico en los discursos expositivos de los museos con colecciones egipcias. El caso de la exposición ‘Nu’ Shabtis-Liberation

La irrupción de la “primavera árabe” y la Revolución del 25 de Enero en los medios de comunicación masivos generaron en el gran público un creciente interés por las culturas del medio oriente en general y de Egipto en particular. En este sentido, algunos de los sectores de la población se acercaron a los museos que cuentan con colecciones egipcias. Sin embargo, se encontraron con que los objetos y los discursos expositivos de la mayoría de estas instituciones no tienen ninguna relación con los sucesos y la población contemporánea. En este contexto, recientemente ha surgido la inquietud por parte de la comunidad internacional de egiptólogos sobre el papel que deben desempeñar los museos ante los sucesos del mundo actual y como éstos pueden incorporarse dentro de sus esquemas expositivos.

Un factor que debe tomarse en cuenta es que la mayoría de las colecciones egipcias, que se resguardan en los museos alrededor del orbe, pertenecen al período faraónico. Esta situación ha dado como resultado que sus discursos curatoriales sean “recalcitrantemente arqueológicos”.[28] Por lo tanto, el reto actual consiste en conciliar los discursos y esquemas expositivos que traten sobre temas de la antigüedad y del presente en un mismo espacio museístico. En este contexto, el Petrie Museum of Egyptian Archaeology del University College London afrontó el desafío y dio un paso pionero al auspiciar una exposición temporal (del 16 de septiembre al 18 de octubre de 2014) titulada: ‘Nu’ Shabtis-Liberation compuesta por obras de fayenza elaboradas por el arqueólogo y artista Zahed Taj-Eddin. La muestra versó sobre los aspectos tecnológicos de este tipo de cerámica vidriada que se utilizó -en un ejercicio de arqueología experimental- para elaborar una gran columna djed (el objeto de fayenza más grande creado desde los tiempos faraónicos) junto a un pequeño ejército de ‘Nu’ Shabtis. El nombre de estas últimas obras es un juego de palabras que deviene del vocablo egipcio ushabti; figuras funerarias que fungían como sirvientes en el Más Allá. Los más de 80 ‘Nu’ Shabtis de Taj-Eddin se colocaron junto a las milenarias obras descubiertas por el egiptólogo William Matthew Flinders Petrie (1853-1942); algunos de ellos portaban utensilios de uso común en el mundo contemporáneo, mientras que otros sostenían pequeñas pancartas con consignas en contra de los actuales regímenes políticos de Siria y Egipto (ver figuras 6, 7 y 8).

Figura 6. Cartel promocional de la exposicón ‘Nu’ Shabtis-Liberation, 2014. Fotografía de UCL Museums & Collections.

Figura 7. ‘Nu’ Shabti de Zahed Taj-Eddin, 2014. Fotografía de Behnaz Atighi Moghaddam.

Figura 8. ‘Nu’ Shabti de Zahed Taj-Eddin, 2014. Fotografía de Mariam Rosser-Owen.

Conclusiones y comentarios finales

En las páginas precedentes presenté un esbozo historico -desde la la antigüedad clásica hasta nuestros días- de la creación del imaginario popular occidental sobre Egipto. En este sentido, se puede constatar que cuando el país del Nilo fue redescubierto por las potencias colonialistas europeas, se continuaron y acrecentaron los clichés sobre sus habitantes, los cuales se vieron plasmados en los medios masivos de comunicación del siglo XX y lo que va del XXI. Sin embargo, cuando la actual República Árabe de Egipto fue sacudida por la Revolución del 25 de Enero un grupo de artistas reinterpretaron el pasado faraónico y por medio del graffiti lograron que los anquilosados clichés se tambaleasen, lo que ha dado cabida a una nueva revaloración y reintrepretación sobre el pueblo egipcio en el imaginario occidental.

Cabe señalar que el devenir historico del medio oriente en general y de Egipto en particular, sobre todo en el siglo XX, ha sido mucho más complejo que lo que se expresa en este texto. Las fuerzas économicas y políticas que han caracterizado a las instituciones y a las clases sociales de cada período son, la mayoría de las veces, totalmente diferentes. En el caso de la revolución de 1952, la prominente figura de Nasser ayudó a la cimentación del “socialismo árabe” y del “panarabismo”; idearios necesarios para el mundo de la posguerra, en el cual resultaba impensable evocar las figuras monárquicas; ya fueran del imperio otomano o de la época faraónica. Si bien, en teoría, se siguió un modelo de república democrática parlamentaria multipartidista; en la práctica, los dirigentes se sucedieron casi de manera dinástica; ya que después de la muerte de Nasser y del asesinato de El-Sadat, Mubarak resultó ser un verdadero “faraón” -con la connotación del cliché de déspota oriental megalómano-. En este sentido, puede parecer paradójico que las proclamas de la thawret 25 yanāyir que promulgaban la destitución del “faraón Mubarak” (ver figura 7) utilizasen imágenes del antiguo Egipto. Y en efecto, es una verdadera contradicción para el historiador, antropólogo o sociólogo en el gabinete; más no para los actores -provenientes de los estratos socioeconómicos medios y bajos- de un efervescente movimiento popular que se levantó ondeando las oriflamas de la democracia y de la justicia social; y que para unificar efuerzos se valió del concepto de turath, vocablo árabe que puede significar -al mismo tiempo- “tradición, herencia, patrimonio o legado”.

En la búsqueda de nuevos discursos visuales para transmitir los ideales de la Revolución del 25 de Enero, los artistas del graffiti también posaron su mirada en el pasado y utilizaron motivos de la cultura del Egipto faraónico dentro de los programas iconográficos de los murales. Los artistas se basaron y reinterpretaron algunas escenas de pinturas y relieves de tumbas, templos y viñetas de papiros -de diferentes períodos históricos- que colocaron junto a consignas en contra del gobierno y alegorías o memoriales por las personas caídas en las protestas. En este sentido, el graffiti se convirtió tanto en un acto de disidencia contra el régimen, así como en una declaración descolonizadora; ya que al reapropiarse de los elementos faraónicos se sacudieron algunos de los clichés sobre el antiguo Egipto que en gran parte del mundo occidental habían continuado inalterados -y convenientemente perpetuados por las industrias del entretenimiento masivas- desde el siglo XIX.[29] Este afortunado pastiche logró crear una narrativa histórica y una serie de metanarrativas que conmovieron al pueblo egipcio y llamaron la atención del mundo;[30] que ahora empieza a vislumbrar a la tierra del Nilo como un lugar dinámico, en donde las personas nativas se encuentran relacionadas con su pasado y que al mismo tiempo buscan crear un mejor futuro.[31]

Pero, al parecer, en el ámbito de los muesos, estos cambios aún no se han hecho tan evidentes. Sin embargo, exposiciones temporales como ‘Nu’ Shabtis-Liberation constituyen una refrescante propuesta, que demuestra que es posible conciliar los discursos y esquemas expositivos sobre el Egipto faraónico y el Egipto contemporáneo en un mismo espacio. Es innegable que desde la más remota antigüedad los habitantes del país del Nilo se han caracterizado por poseer una virtud especial para las artes plásticas; la cual se ha expresado durante miles de años a través de incontables obras, pertenecientes a diversas tradiciones culturales. Inclusive, en los momentos de convulsión social, como los que atraviesa en la actualidad Egipto, los artistas han logrado capturar y plasmar -en diferentes soportes- el ideario y la esperanza que anima al pueblo a buscar un mejor futuro. Creo firmemente que los museos que cuentan en sus acervos con obras egipcias pueden ser capaces de ofrecer nuevas exposiciones y temáticas que den cuenta de este tipo de procesos históricos contemporáneos.

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Notas:

[1] Al respecto, Regine Schulz señala: “En la lucha por la «fe verdadera», el cristianismo temprano y posteriormente el Islam atacaron con vehemencia todas las tendencias paganas. Uno de los objetivos preferidos en ellos eran los testimonios y tradiciones que aún quedaban de la cultura faraónica. Los templos fueron derribados, las estelas y estatuas destruidas. Entre los más acendrados perseguidores de los monumentos paganos se encontraba Escenuto de Atripa (348-466 d.C.), el abad del Monasterio Blanco de Sohag, que dicen alcanzó la avanzada edad de 118 años. En sus predicaciones incitó una y otra vez a destruir las imágenes y a la lucha contra el demonio. Los conocimientos de la antigüedad fueron considerados como artes de magia y fueron perseguidos, perdiéndose así el conocimiento de la escritura y sus símbolos. Incluso la misma lengua de los egipcios sufrió una modificación. Si bien en la primera fase del cristianismo aún se hablaba egipcio (pero ya mezclado con términos y escrito en caracteres griegos), el árabe impuesto por el Islam desplazó casi completamente la antigua lengua. Pasados sólo unos pocos siglos todo aquello que había perdurado durante milenios carecía de cualquier valor y cayó en el olvido. Pertenecía al período de la ignorancia y, por tanto, no era digno de estudiarse. Sólo sobrevivió una imagen del antiguo Egipto, tal y como se refleja en las historias de Moisés y de José en la Biblia o en el Corán. Además de éstas, esa imagen estaba impregnada de historias maravillosas sobre prácticas secretas de magia, en las que aún pervivía la vieja idea de la gran sabiduría y la increíble riqueza de los faraones.” (Schulz 1997: 491).

[2] Véase Siliotti 2001: 24-26.

[3] El nombre completo de este personaje es: Abu Abd Allah Muhammad al-Idrisi al-Qurtubi al-Hasani al-Sabti.

[4] El nombre completo de este personaje es: Taqi al-Din Ahmad ibn ‘Ali ibn ‘Abd al-Qadir ibn Muhammad al-Maqrizi.

[5] El nombre completo de este personaje es: Abū Jaʿfar Abdullāh al-Maʾmūn ibn Harūn.

[6] Véase Schulz 1997: 493.

[7] Véase Cory 1840.

[8] El nombre original de Horapolo pudo haber sido her apollo “Horus-Apolo”; nombre que conjuga a las deidades faraónica y griega en una sola locución. Véase Shaw y Nicholson 1996: 131.

[9] A pesar de este hecho, se piensa que la obra original se redactó en egipcio, probablemente en escritura demótica o en copto. El manuscrito que consiguió Buondelmonti -y que aún se conserva en la Biblioteca Medicea Laurenziana en Florencia- es una traducción al griego de un tal Filipo, cuya única referencia se encuentra en el título del primer volumen. Véase Shaw y Nicholson 1996: 131.

[10] Véase Renau 1999.

[11] Véase Siliotti 2001: 32-34.

[12] Véase Baines y Malek 1988: 22-29.

[13] Véase Néret 2007: 7-9.

[14] Véase Curl 2005: 234-247.

[15] Hasta el primer tercio del siglo XX la tierra del Nilo fue recorrida por numerosas expediciones cuyo principal objetivo era conseguir antigüedades para los grandes museos europeos como el Musée du Louvre en Paris, el British Museum en Londres, el Museo delle Antichità Egizie en Turín, el Rijksmuseum van Oudheden en Leiden o el Ägyptisches Museum und Papyrussammlung en Berlín. Véase Fagan 2005: 107-140.

[16] El nombre de este distrito de El Cairo también se puede encontrar transcrito como: Azbakiya, Ezbekiyeh o Ezbekieh.

[17] El decreto especificaba que las antigüedades deberían ser enviadas a Rifa’a al-Tahtawi (1801-1873), connotado académico fundador del al-Nahḍa “el despertar”, movimiento renacentista del pensamiento árabe bajo la influencia de occidente. Al-Tahtawi había sido designado director de la recién fundada Madrasat Al-Alsun “escuela de idiomas” que se dedicada a la traducción y enseñanza del árabe, francés, turco, persa e italiano; y que se ubicaba justamente en Azbakeya. Véase Reid 2002: 55-56.

[18] Véase Martín 1993: 5-6.

[19] Véase Nasser 1955: 32-48.

[20] Véase Lacouture 1973:25-42.

[21] Véase Martín 1993: 22-24.

[22] En este espacio es imposible hacer un recuento detallado de todos los sucesos que se desarrollaron durante la Revolución del 25 de Enero; pero el lector que desee conocer los principales acontecimientos puede consultar los artículos mencionados en la bibliografía; en especial véase Abaza 2013.

[23] Véase Karl y Hamdy 2014.

[24] Sobre la iconografía e iconología Erwin Panofsky comenta: “La iconografía es la rama de la historia del arte que se ocupa del asunto o significación de las obras de arte, en contraposición a su forma… la iconografía constituye una descripción y clasificación de las imágenes, así como la etnografía es una descripción y clasificación de las razas humanas; se trata, pues, de una investigación limitada, y por así decirlo, subalterna, que nos informa sobre cuándo y dónde determinados temas específicos recibieron una representación visible a través de unos u otros motivos específicos… La iconología es, pues, un método de interpretación que procede más bien de una síntesis que de un análisis. Y lo mismo que la identificación correcta de los motivos es el requisito previo para un correcto análisis icnográfico, así también el análisis correcto de las imágenes, historias y alegorías es el requisito previo para una correcta interpretación iconológica…” (Panofsky 1987: 45-51).

[25] Esta tumba tiene la denominación: TT55 y se encuentra en Sheikh Abd el-Qurna, en la Necrópolis tebana, en la actual gubernatura de Luxor.

[26] Ambos papiros se resguardan en el British Museum en Londres, Reino Unido y sus números de inventarios son: EA 10470,1-37 y 1888,0515.1.1-37 para el correspondiente a Ani y EA 9901,1-8 y 1852,0525.1.1-8 para el de Hunefer.

[27]  Este templo se encuentra en la Necrópolis tebana, en la actual gubernatura de Luxor.

[28] Sin embargo, esto no significa que los investigadores a cargo de ellas no se encuentren enterados -y preocupados- por los trepidantes eventos que aún se viven en Egipto. Desde los primeros momentos de la Revolución del 25 de Enero, los egiptólogos de todas las nacionalidades se unieron -sobre todo gracias a los medios digitales- para informar al mundo acerca de la destrucción del patrimonio cultural del país del Nilo. A pesar de los sesgos en la información disponible, estos académicos hicieron grandes esfuerzos por identificar y evaluar los daños a las obras en los museos, sitios arqueológicos e históricos e, inclusive, pusieron al tanto a las organizaciones culturales especializadas como la UNESCO (United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization), el ICCROM (International Centre for the Study of the Preservation and Restoration of Cultural Property) y el ICOM (International Council of Museums).

[29] Desde la invención del cinematógrafo -por Auguste y Louis Lumière de finales de 1890- se presentaron historias protagonizadas por personajes del antiguo Egipto al gran público y se produjeron filmes documentales como: Les Pyramides vue générale (Alexandre Promio, 1897) patrocinado por los propios hermanos Lumière y del otro lado del Atlántico: Market Scene in Cairo, Egypt (Alfred C. Abadie, 1903) encargado por Thomas Alva Edison. Por supuesto, uno de los temas más recurrentes fue la ominosa «maldición del faraón» que hizo su primera aparición en el cine en cortos como: Le Monstre (Georges Méliès, 1903), The Egyptian Mummy (Lee Beggs, 1914) y Mercy, the Mummy Mumbled (R.W. Phillips, 1918) (véase Lant 2013: 53-54). Pero el que sin duda ha sido el filme más influyente, y que cimentó los más perdurables clichés, fue: The Mummy (Karl Freund, 1932) con la actuación estelar de William Henry Pratt “Boris Karloff” (1887-1969) como el sacerdote Imhotep y cuyo tropo narrativo se ha repetido e reinterpretado a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Por otra parte, es usual que los temas egipcios se entretejan con las historias bíblicas del antiguo testamento; en donde los habitantes del país del Nilo invariablemente son representados como necios e irascibles idolatras que oprimen a las vecinas poblaciones semitas. Sobre este tropo narrativo también existen numerosos filmes, siendo uno de los más célebres: The Ten Commandments (Cecil B. DeMille, 1956) y sus más recientes reinterpretaciones: Exodus. Gods and Kings (Ridley Scott, 2014) y la telenovela brasileña: Os dez mandamentos (Vívian de Oliveira, 2015-2016). Por último, cabe mencionar que al momento que se terminan de escribir estas líneas, se alista una nueva versión de The Mummy (Alex Kurtzman, 2017) la cual será un reboot de la franquicia. En esta ocasión el ser sobrenatural será una princesa llamada Ahmanet y al parecer tanto la historia, como los elementos visuales de la película tergiversan la tradición de los anteriores filmes; sin mencionar a la cultura del Egipto faraónico y contemporáneo.

[30] Véase Lau 2012-2013: 62-69.

[31] El interesado en estudiar estos temas con más detalle puede consultar las obras mencionadas en la bibliografía; en especial véase Abaza 2015.

Addendum (2019)

Y, después de la thawret 25 yanāyir ¿qué ocurrió con este tipo de expresiones? la respuesta es que han continuado, pero de manera más “académica”; siendo Alaa Awad uno de los artistas más prolíficos (para más información sobre él, en este enlace). En este espacio se presentan algunas imágenes de sus trabajos más recientes.

Carro de guerra faraónico. Mosaico de Alaa Awad en la South Valley Unviersty en Qena. 2017. Fotografía de Jorg U Manna Nader.

Carro de guerra faraónico. Mosaico de Alaa Awad en la South Valley Unviersty en Qena. 2017. Fotografía de Jorg U Manna Nader.

Carro de guerra faraónico. Mosaico de Alaa Awad en la South Valley Unviersty en Qena. 2017. Fotografía de Jorg U Manna Nader.

Carro de guerra faraónico. Mosaico de Alaa Awad en la South Valley Unviersty en Qena. 2017. Fotografía de Jorg U Manna Nader.

Carro de guerra faraónico. Mosaico de Alaa Awad en la South Valley Unviersty en Qena. 2017. Fotografía de Jorg U Manna Nader.

Carro de guerra faraónico. Mosaico de Alaa Awad en la South Valley Unviersty en Qena. 2017. Fotografía de Jorg U Manna Nader.

Escenas del papiro satírico ramesida de Turin (2031 RCGE 46617) y de oferentes. Mural de Alaa Awad. c. 2011-2012.

Escenas del papiro satírico ramesida de Turin (2031 RCGE 46617) y de oferentes. Mural de Alaa Awad. c. 2011-2012.

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Catástrofe para la humanidad: el incendio del Museu Nacional de Brasil y la probable perdida de su colección del Egipto faraónico.

El pasado domingo 2 de Septiembre de 2018 el mundo se conmocionó al recibir la noticia, y las dantescas imágenes, de un voraz incendio (que inició aproximadamente a las 19:30 horas, tiempo de Brasil) en el parque Quinta da Boa Vista, en la ciudad de Rio de Janeiro, que inexorablemente consumía el Palácio de São Cristóvão, sede del Museu Nacional, vinculado a la Universida de Federal do Rio de Janeiro (UFRJ).

Vista del incendio del Museu Nacional de Brasil, domingo 2 de Septiembre de 2018. Fotografía de Reuters.

Vista del incendio del Museu Nacional de Brasil, domingo 2 de Septiembre de 2018. Fotografía de Reuters.

 

Este recinto, uno de los más grandes en Latinoamérica e importantes del orbe, celebró el pasado 6 de Junio 200 años de su fundación; siendo la institución científica más antigua del Brasil. En sus más de 13,000 metros cuadrados se resguardaban 20,000,000 (veinte millones) de piezas entre colecciones geológicas, botánicas, zoológicas, paleontológicas, etnográficas y arqueológicas, entre estas últimas se encontraban obras de los pueblos precolombinos de Brasil, de América, del Mediterráneo antiguo y del Egipto faraónico. Esta última, la más grande de América Latina, llegó al Brasil en 1826, cuando un comerciante italiano de nombre Nicolás Fiengo trajo desde Marsella (Francia) cientos de antigüedades procedentes de las excavaciones del célebre explorador Giovanni Battista Belzoni (1778-1823) en los templos y necrópolis de la antigua Tebas (actual Luxor). Esta colección fue adquirida por el Emperador Don Pedro I de Brasil y IV de Portugal (1798-1834) quien los donó al entonces llamado Museo Real, que se fundó en 1818. Entre estos artefactos destacan los ataúdes de Hori, Harsiese y Pestjef. Después, su hijo Don Pedro II de Brasil “el magnánimo” (1825-1891) al visitar, en 1876, el país del Nilo recibió de parte del Khedive de Egipto y Sudan Isma’il Pasha (1830-1895) el hermoso ataúd policromado de Shaamonemsu, una de las joyas del museo. En los siguientes años la colección egipcia se incrementó con más artefactos de donaciones de particulares y llegó a constar de alrededor de 700 piezas.

 

Detalle del ataúd policromo de Shaamonemsu. c. 750 a.C. Dinastía XXIII. Fotografía de Luiza Osorio G. da Silva, Antonio Brancaglion/Museu Nacional de Brasil.

 

Detalle del ataúd policromo de Hori, c. 1100-1050 a.C. Dinastías XX-XXI. Fotografía de Luiza Osorio G. da Silva, Antonio Brancaglion/Museu Nacional de Brasil.

Vista de una de las salas del antiguo Egipto del Museu Nacional de Brasil. Fotografía de Wikimedia Commons.

Vista de una de las vitrinas con estelas del antiguo Egipto del Museu Nacional de Brasil. Fotografía de Wikimedia Commons.

 

Una relación poco conocida que tiene México con la colección brasileña es que es producto de la voluntad ilustrada de un descendiente de la Casa de los Habsburgo; ya que el emperador Don Pedro II fue hijo de la archiduquesa de Austria, Maria Leopoldine von Habsburg-Lothringen, quien a su vez fue tía de Ferdinand Maximilian Joseph Maria von Österreich von Habsburg-Lothringen (1832-1867) -popularmente conocido como Maximiliano I de México- quien también deseó dotar, en 1866, al insigne museo de la calle de Moneda N. 13 de una colección de 1200 piezas del antiguo Egipto.

El emperador Don Pedro II de Brasil (c. 1875). Fotografía de Wikimedia Commons.

El emperador Maximiliano I de México (c. 1865) Fotografía de Wikimedia Commons.

 

En lo que respecta a la colección del país del Nilo que resguardaba el museo brasileño, ésta era estudiada por Seshat – Laboratório de Egiptologia do Museu Nacional, UFRJ (http://www.seshat.com.br); proyecto dedicado específicamente a la arqueología del antiguo Egipto que reúne académicos que participan en investigaciones sobre religión, rituales funerarios, paisaje, arte y nuevas tecnologías. Los proyectos desarrollados por Seshat están vinculados a la investigación, educación y extensión universitaria por medio de diplomas de posgrado dictados por investigadores procedentes de universidades de Brasil, Portugal, España y Francia. Hoy, más que nunca, el registro y los análisis que realizó Seshat serán de gran ayuda para preservar la memoria de esas obras del antiguo país del Nilo; إن شاء الله‎ (ʾInshāʾa llāh) “quiera dios” que algunos artefactos hayan sobrevivido al fuego, aunque el panorama, en este caso, parece desalentador, ya que el área donde se encontraban las salas egipcias parece que fue una de las más afectadas por el fuego.

Plano de localización de la salas y colecciones del Museu Nacional de Brasil. Infografía de Graphic News.

Vista del Museu Nacional de Brasil después del incendio, lunes 3 de Septiembre de 2018. Fotografía de AFP.

La posible causa de este siniestro puede estar relacionada con la caída de un globo aerostático en el techo del edificio. De acuerdo con Sergio Sá Leitao, ministro de Cultura de Brasil, los globos llamados ‘baloes’ que se usan durante las fiestas “juninas” a mitad de año en el país pueden alcanzar varios metros de altura ya que utilizan combustible. Aunque otra hipótesis del origen del fuego es que hubo un corto circuito en el laboratorio audiovisual. Por su parte, Roberto Leher, rector de la UFRJ, opina: “…es obvio que la forma del combate al fuego no guardó proporción con tamaño incendio. Percibimos claramente que faltó logística y capacidad de infraestructura del Cuerpo de Bomberos para dar cuenta de un acontecimiento tan devastador”. Esta afirmación la corrobora uno de los integrantes (que prefiere mantenerse en el anonimato) del propio cuerpo contra incendios, quien comentó: “…tomó tanto tiempo apagar el fuego, porque no había la presión suficiente de agua para actuar; además de que el edificio no tenía un sistema adecuado de prevención y detección de incendios.” Y en efecto, el museo no contaba con sistema alguno; aunque se proyectaba instalarlo en un futuro con un crédito que daría el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES). En este sentido, pese a su magnificencia e importancia, el Museu Nacional de Brasil enfrentaba restricciones presupuestarias desde hacía varios años. De tal manera, las voces de la cultura brasilera se levantan para decir: “Es una negligencia criminal con la cultura, la historia, el pasado y, también el futuro. La destrucción del Museo Nacional es, también, la aniquilación de parte de la civilización brasileña. Y desde ese lugar asume una dimensión simbólica siniestra en este momento en que Brasil parece disolverse en nuestras manos”. Entre lamentos y la inmediata búsqueda por culpables, está el desahogo del urbanista Washington Fajardo, ex presidente del Consejo Municipal del Patrimonio Cultural de Río de Janeiro, quien opina: “Que las generaciones futuras nos perdonen. Somos la gran nación desmemoriada, vagando por el cosmos sin saber lo que fuimos, o que podemos, o soñamos. Ahora son cenizas aquello que debería inspirar a los jóvenes a guiar la nación”.

Pero, en medio de la tragedia, empiezan a llegar noticias que dan un poco de esperanza: por fortuna las colecciones científicas de ornitología, mamiferología, herpetología, ictiología, botánica y la biblioteca científica del Museu Nacional no sufrieron ningún daño ya que están albergadas en otro edificio aledaño, como se muestra en el recuadro azul de la imagen de Fernando Luiz Kilesse Salgado y Daniel Paz Decanini.

Vista del parque Quinta da Boa Vista. Fotografía de DigialGlobe de Google y anotaciones de Fernando Luiz Kilesse Salgado y Daniel Paz Decanini.

 

Por último, valga mencionar, que quien estas línea escribe, junto a todos los compañeros del Museo Nacional de las Culturas del Mundo en México, se une al gran luto por la perdida de tan vasto e invaluable acervo, patrimonio de todo el orbe. Si podemos ayudar en algo, no duden en pedirlo hermanos brasileños.

 

Gerardo P. Taber

Ciudad de México, Septiembre de 2018.

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En busca del oro líquido de los faraones. Recreación de una cerveza del antiguo Egipto desde la arqueología experimental. Parte I.

Y fueron semanas intensas de trabajo junto con Miguel Valdes y Oskar Pesci y de días sin dormir, revisando jeroglíficos con ayuda de Rodrigo Cervantes Shemsu Cthulu, en plenas vacaciones “santas”. Pero, al ver el resultado final -por parte del comité editorial de Egiptología 2.0- del artículo sobre la ḥ(n)ḳt (heneqet); creo que Hathor, diosa patrona de la cerveza y de todas las cosas agradables de la vida, estará feliz de que sus dones se den a conocer en las tierras del Anáhuac. Este texto (que se encuentra en las páginas 78-91) y muchos más de la Revista Egiptología 2.0 N. 11 (Abril 2018) se puede descargar ¡Totalmente Gratis¡ desde este link:

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https://goo.gl/do7Hjb
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El abstract (resumen) de este artículo es:

Una de las bebidas que más se consume alrededor del orbe es la cerveza; la cual, por lo general, se asocia a momentos de relajación, festividad y camaradería. Este brebaje, que acompaña a la humanidad desde hace varios milenios, cuenta con una larga y rica historia llena de leyendas y mitos que se pierden en la noche de los tiempos. Al parecer, en su origen muchos de los pueblos neolíticos del medio oriente desarrollaron métodos similares para fermentar cereales cultivados -y productos derivados de ellos- y es probable que las cerveza se haya “descubierto” al elaborar pan, ya que parte de su proceso de preparación es similar. En el caso del antiguo país del Nilo, esta bebida fue un importante elemento de la dieta que aportó gran parte de la energía necesaria para que pudiese desarrollarse la cultura del Egipto faraónico, y fue tan apreciada que incluso se deseó continuar consumiéndose en el Más Allá. Evidencia de ello se encuentra en las ofrendas funerarias que desde el Período Predinástico (c. 5300-3000 a.C.) incluyen contenedores que se destinaron a preservar y servir ḥ(n)ḳt (heneqet) “cerveza” para toda la eternidad. Cabe señalar, que esta bebida es uno de los logros gastronómicos más importantes del mundo antiguo y hasta hace relativamente poco tiempo se investiga en su justa dimensión. Por tales motivos, en este texto, que constará de dos entregas, expongo algunos de sus rasgos más característicos -tanto simbólicos como técnicos- y también presento, con el objetivo de comprender un poco más sobre sus procesos de manufactura, los pasos de elaboración de una recreación de un tipo de cerveza del Egipto faraónico, desde la perspectiva de la llamada “arqueología experimental”; como parte de una iniciativa auspiciada por el Museo Nacional de las Culturas del Mundo y la Cervecería Artesanal 8 Almas de México.

 

 

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Artículo: Khaemwaset, el primer egiptólogo.

La revista Egiptología 2.0, en su segundo número (Enero 2016) publicó un artículo de mi autoría sobre uno de los más interesantes, y poco conocidos, personajes del Egipto faraónico: “Khaemwaset, el primer egiptólogo” (pp. 52-61). Además, el número trata muchos temas sobre el arte del período de Amarna -y otros más- lo que de seguro es de interés para muchas personas. El abstract (resumen) de este artículo es:

Al escuchar el vocablo “egiptólogo” por lo general éste se asocia a la imagen de un intrépido explorador, quien se interna en las arenas interminables del desierto para descubrir una tumba -llena de tesoros- que había permanecido oculta por milenios. Sin embargo, este personaje hace alusión a un tipo de académico que surgió en las postrimerías del siglo XVIII e inicios del XIX. En ese caso, otras preguntas pueden formularse: ¿antes de esas fechas existían egiptólogos? y ¿quién fue el primer egiptólogo? Las respuestas a estas interrogantes pueden encontrarse en el mismo Egipto faraónico, en el siglo XIII a.C., época en que vivió un personaje llamado Khaemwaset. La pregunta natural que el avezado lector puede formular es: ¿quién fue ese tal Khaemwaset y que relación tiene con la egiptología, aparte de su nombre, que tiene toda la pinta de ser del antiguo Egipto?

Se puede descargar toda la revista en el siguiente link:

https://goo.gl/e1xCcg

Agradezco a Moisés González Sucías y a todo el equipo de Ushebtis Egipcios por su excelente trabajo.

Ramses II - Beit el-Wali - British Museum Cast - Detail 05

Khaemwaset - Serapeum Burial - Musee Du Louvre 10-LR

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